HAMNET

Salgo entusiasmado del cine, hacía tiempo que no disfrutaba tanto viendo una película de esas que hace que el cine merezca llamarse séptimo arte.

Hamnet narra la HISTORIA íntima y silenciosa de una familia marcada por la pérdida. Ambientada en la Inglaterra del siglo XVI, la película se centra en la muerte de Hamnet, hijo de William Shakespeare, y en cómo sus padres afrontan un duelo profundo e irreparable.

Hamnet es una película que no se deja ver: SE DEJA HABITAR. Su ritmo lento, deliberado, casi contemplativo, no es un obstáculo sino una puerta. Quien entra esperando acción o explicaciones rápidas se frustrará; quien entra dispuesto a escuchar el silencio, sale tocado por algo hondo y verdadero.

La película se sitúa en el territorio del DUELO, ese espacio misterioso donde el tiempo se dilata y las palabras se quedan cortas. No intenta explicar la muerte ni consolar de forma fácil. Al contrario, se atreve a mostrar lo que casi nunca vemos en el cine: el dolor cuando ya no hay épica, cuando no hay culpables claros, cuando la pérdida simplemente irrumpe y desgarra. Ese DOLOR injusto y sin explicaciones para el que no existen las palabras que puedan dar un sentido.

El gran acierto de Hamnet es comprender que el duelo no es un proceso lineal, sino una experiencia que atraviesa el cuerpo, la memoria y la relación. En este sentido, la INTERPRETACIÓN de los actores es sencillamente magistral. Cada gesto, cada mirada, cada silencio está cargado de verdad. No hay subrayados innecesarios: el dolor se expresa con contención, y precisamente por eso resulta tan conmovedor.

Especialmente poderosa es la figura de la MADRE, cuya vivencia del sufrimiento se encarna en una espiritualidad casi instintiva. Frente a ella, el padre —Shakespeare— aparece como el hombre que necesita nombrar el dolor para poder seguir viviendo. Dos formas legítimas, pero no siempre compatibles, de atravesar la misma herida.

Ahí emerge el corazón espiritual de la película: Hamnet sugiere que el ARTE no tiene el poder de curarlo todo. No resucita a los muertos ni borra la ausencia. Pero sí hace algo esencial: impide que el amor muera con ellos. El hijo perdido no vuelve a la vida, pero encuentra una nueva forma de existir en la palabra, en la memoria, en la creación. Hamlet —la obra— nace como un acto de amor de un padre que se niega a aceptar que la muerte tenga la última palabra.

Hamnet intenta adentrarse en el misterio del sufrimiento y del duelo mirando de frente la herida, sin rodeos ni consuelos fáciles. La película se atreve a permanecer en el dolor, a escucharlo y a respetar su silencio. Sin embargo, se queda EN EL UMBRAL: se detiene ante la puerta sin llegar a cruzarla. Porque sin una mirada de eternidad, sin el horizonte que ofrece la visión cristiana, la muerte queda reducida a un enigma irresuelto, imposible de comprender del todo.

Joaquín Garrigós

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